La religión vuelve a estar de moda. Desde luego no lo digo por la Semana Santa, que al fin y al cabo se celebra todos los años aunque no sea con periodicidad. Aclaro para los curiosos que la Pascua de Resurrección es el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, y se debe calcular empleando la Luna llena astronómica. Por ello puede ser tan temprano como el 22 de marzo, o tan tarde como el 25 de abril (wikipedia dixit). Si a alguno le parece un poco enrevesado que investigue sobre el “Computus” y verá la que pueden liar varios concilios de teólogos para fijar una fecha.
Me refiero, más bien, a las polémicas suscitadas en los últimos días relacionados con la religión. En este artículo no me voy a detener en la ley aprobada en Francia que prohíbe el uso del velo integral en la mujer. Es un tema espinoso donde chocan con facilidad la defensa de la dignidad de la mujer con el liberalismo o los derechos individuales o el respeto por las tradiciones o creencias ajenas, que creo se merece ser analizado con más detenimiento en otro artículo. Aunque está más reciente la prohibición por parte del Ayuntamiento de Madrid de una procesión civil organizada por asociaciones de ateos en contraposición a las procesiones de Semana Santa quería centrarme en el suceso acaecido en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid.
Al parecer, un grupo de personas, entre las que había varias mujeres con el pecho descubierto incurrieron en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid interrumpiendo una ceremonia religiosa. El grupo protestaba, de este modo, por la presencia de un espacio dedicado al culto católico en una institución pública y por la posición de la iglesia católica con respecto al colectivo homosexual.
Entiendo que la Iglesia Católica a lo largo de la historia ha cometido grandes errores. Entre ellos, creo que no es el menor el aliarse con el poder civil desde los albores del cristianismo, cuando el emperador Constantino la convirtió en religión oficial del Imperio Romano. A lo largo de la historia esta alianza lejos de mermar mutó al convertirse la Iglesia misma, en un poder civil fáctico. Cualquier líder occidental necesitaba de la legitimación de la Iglesia para ganarse el apoyo del pueblo. Este error se ha venido prolongando hasta el siglo XX, en el que por desgracia la Iglesia Católica ha legitimado dictaduras militares especialmente en España y Sudamérica con el único fin de poner freno al comunismo, al que se consideraba un sistema político demoníaco.
En la actualidad, gracias a Dios nunca mejor dicho y en buena medida al Concilio Vaticano II y a la caída de los Regímenes Totalitarios Comunistas, la Iglesia ha ido perdiendo, incluso voluntariamente, su poder político centrándose mayor medida en la guía espiritual de sus fieles y labores asistenciales en general. El asunto es que aún quedan frescos en la memoria esa visión de la Iglesia como agente político y no ayuda a olvidar ese recuerdo el comprobar que la jerarquía católica se empeña en salir en prensa únicamente para defender causas impopulares. Además inexplicablemente apenas da publicidad de la labor social que desarrolla por el mundo. Quizá el problema de la Iglesia es no tener, por ejemplo, a Shackleton como agencia de comunicación. Y no es broma.
Dicho esto quede clara mi repulsa a la opinión que la Iglesia Católica tiene hacia el colectivo homosexual. Y, desde mi respeto a su libertad de pensamiento, mi exigencia de que sus enseñanzas no signifiquen un menoscabo a la dignidad del individuo de cualquier colectivo, a la vez de mi recomendación de que revisen su doctrina, especialmente en lo que a moral sexual se refiere para adecuarla al sentido común de las personas a las que se supone de guía.
Pero me parece necesaria también la condena hacia cualquier tipo de protesta violenta o irrespetuosa hacia cualquier religión, donde se vulneren los derechos de la libertad de reunión o culto y se falte el respeto de modo intencionado a los sentimientos de otros hombres. Dejemos para la civilizada argumentación si debe haber capillas en los edificios públicos, prohibirse como en Francia, que es un Estado oficialmente laico, o bien tener espacios polivalentes para el culto o la meditación, como creo que sería propio de un estado aconfesional como España. Me parece positivo cualquier servicio que un campus pueda ofertar a los integrantes de la comunidad universitaria, también aquellos que estén destinados a enriquecer su dimensión espiritual o interior.
Y en cualquier caso si se quiere producir enfrentamiento de verdad sería mucho más efectivo montar la procesión atea junto a la Macarena de Sevilla o protestar a pecho descubierto desde el Mihrab de una mezquita en Irán. Que eso si que sería echarle gónadas.

















un saludo